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Metáfora de la paella
-A propósito de ir a cenar paella en Estación Atocha.

La mejor paella que he comido, la preparan en Estación Atocha. Es bueno que ese restaurante se llame como una terminal. Porque el mar me llega a la terminal de la mujer. La mujer es destino y es puerto. Es refugio y es patria.

 
Por Camilo Rodríguez
Escritor

Me sale el mar por todas partes. No sé si será porque soy acuariano. Me sale el mar en mi poesía erótica. Tiene el mar mi mujer entre todas las mujeres. El mar se le escurre por las piernas. Ahí, lo que tiene la mujer es una flor de mar. O una mariposa de mar. O una estrella de mar. Eso es lo que escribo.
Pero también tiene el mar mi hijo en los ojos: es el mar de noche. El mar violento y suave, intenso y sereno. Tiene el mar mi hija en los ojos: es el Mar Caribe, con toda su intensidad azul y verde, con todo se juego a ser uno con el cielo.
Cuando algo me sale mal, no se seca ni se muere, se inunda. Y un poquito de agua de mar nutre mis momentos más emocionantes, para bien o para mal. Lloro de tristeza y de alegría con facilidad.
“Corazón de mar” se llama la semilla con que acaban de hacerle un collar a mi esposa. Pensé que el corazón del mar lo tiene ella abajito del ombligo. Cada hombre tiene un corazón del mar en su mujer.
También cabe pensar que la vagina es la boca del mar, o la puerta del mar.
Yo no me pongo en “mates” para decir que soy un fiebre del mar y de la mujer, de sus olas, de sus tormentas, de sus brisas, de sus arenas.

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En ningún sitio he sentido más la presencia del mar en la cultura que en el sur de España, donde parece que nace América Latina. España y Nicaragua son los países que más me han cautivado. Y en ambos hay una presencia azul de mar.
La comida española tiene un acento, una fuerza, una entonación que viene del mar.
Las palabras del mar se vuelven comida en la paella.
Paella suena a mujer, a ese otro mar que me gusta, a entrepierna, a vagina, a sirena…
La mejor paella que he comido, la preparan en Estación Atocha. Es bueno que ese restaurante se llame como una terminal. Porque el mar me llega a la terminal de la mujer. La mujer es destino y es puerto. Es refugio y es patria. Es sitio de paso y es hogar.
(Es mar y abrigo, la vagina. Es mar y abrazo, la paella).
Me sabe a mar mi mujer entre todas las mujeres. Me sabe a paella, la felicidad.
No hay comida que me llene más la boca con los olores que me remiten a los placeres. La mujer huele a mar, no nos pongamos en varas. La felicidad que me como en la mujer en una felicidad de pez, de pescado, digamos que de marisco.
Como mar en mi mujer. Como piel y carne de sirena que se salvó de la desdicha de no tener muelle, de no tener asidero para las embarcaciones.
Como paella como si fuera comer mujer. La almeja es una metáfora de la noche / hembra. La concha que se abre en dos es como esa herida abierta entre las olas, como esa orquídea de mar de la que escribo.
Vuelvo a Atocha (ojo, que no escribí Panocha). Por cierto, qué mala prensa tiene la palabra panocha. Si panocha es el centro de la flor del girasol según el habla popular del sur de España. De nuevo España. De nuevo el mar. Esas condenadas panochas de España han de ser flores que sueñan con terminar en el mar…
Vuelvo al restaurante donde como paella. El mar viene escrito en pocas palabras que se visten de arroz, de azafrán, de pimientos, de frutos del mar.
Los frutos del mar se parecen a los frutos de la noche. Las flores del mar se abren y dejan su penetrante olor en la mujer y en la paella.
Los mariscos son afrodisíacos. No es cuento. Es poesía.
Los mariscos nos remiten a los sabores de las mujeres. No es algo inefable. Se huele. Se saborea. Se come. Se chupa. Se mama. Se bebe.
Provoca una ebriedad serena. Provoca mareo.
Las mujeres saben. Seguramente ocurre con los hombres. Pero yo saboreo a la mujer. Y sabe a mar. A playa. A sirena. A conchas abiertas, que dejan entrever sus lenguas de fuego, que no hay mar que apague.
La paella de Estación Atocha, la mejor que he escrito, perdón, que he comido, es una metáfora de la mujer, de su entraña viva, de su misterio entreabierto.
Amo comer paella. Es como preparar la mesa y celebrar el acontecimiento de tener el postre en casa.
Nada mejor para el amor que la paella. Nada mejor para la comida del cuerpo entero que el mar.
Mujer y mar. Noche y deseo. Flor y placer.
Dicen en internet que la paella es un plato cuyo ingrediente principal es el arroz, que se cocina con otros ingredientes como pescado, marisco, ave, carne, verduras, legumbres, etc.; que es un plato típico de todas las regiones españolas, sobre todo de Valencia, y que varía en cada una (cada región) el tipo y la cantidad de ingredientes.
También dice “el color amarillo de la paella se debe al azafrán”.
¿Y el color rojo? A la mujer. ¿Ves que le debe mucho el mar a la mujer?
No le creo mucho a esas definiciones que vuelan en la nube. Le creo a la definición que duerme conmigo, en mi cama. La definición de paella que tiene que ver con mujer y con mar.
Mi mujer es mi mar pequeño. Como en un cuento de García Márquez o en una novela de Carlos Cortés, el mar se puede salir de entre sus piernas (eso es mío) e inundar el cuarto (eso es de Gabo), convertir la casa en un cuerpo de agua (eso es de una novela de Cortés).
La única forma de comer a la mujer y no devolverla es la paella. La mejor paella que he comido está en Estación Atocha. Si vas, no importa que no llevés a la mujer. Pero tenés que saber que el mar no perdona. O devorás un mar abierto, o te devora la noche.
Si comés paella en Estación Atocha, es mejor que tengás un refugio, una mujer, un abrigo marca hembra. De lo contrario, puede ser que no te perdone la noche.
Le tiene secreta envidia el mar a la noche. Se llevan tirria. No se perdonan.
De noche o de día, el mar es un animal furibundo y amoroso. La paella, es un poema marino convertido en ofrenda; es su historia transformada en el mensaje que puede llevar una paloma. Es la paloma mensajera. Yo tengo una, por dicha. Vive y duerme en el nido del mar, en la mujer, en su orilla, en el único rincón donde me espera la plenitud, la felicidad.
Y todo esto para decir, sin más, que me encanta comer paella en Estación Atocha. Mi mujer entre todas las mujeres no me deja ir solo. Ella tiene razón. No sé qué me podría pasar entre esa terminal del mar y mi casa, en medio de la noche honda y llena de misterios azules que en mí sólo encuentran respuesta en la noche misma de la cama.

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